En el marco del Día Internacional de la Mujer, nuestra compañera, Vane Torres reflexiona sobre el significado del 8 de marzo: una jornada que trasciende los saludos y se convierte en un espacio de lucha, memoria y reivindicación de derechos.

Editorial de Vane Torres
Hoy, 8 de marzo, no es solo un día para flores o felicitaciones superficiales: es un día de lucha, resistencia y reivindicación.
El 8M es el grito colectivo de millones de mujeres y diversidades que salen a las calles —y también a las redes— para decir basta a la violencia machista, a la desigualdad salarial, al acoso, al femicidio y a un sistema que muchas veces pretende callarlas, volverlas invisibles o relegarlas.
Son las voces que marchan con los puños en alto, las que gritan “Ni Una Menos”, las que exigen justicia real, derechos plenos y vidas libres de miedo. Son también las que rompen el silencio, las que se cuidan entre sí y construyen sororidad en cada abrazo, en cada consigna y en cada pancarta.
Pero la lucha no termina en una fecha. No se detiene, porque todavía quedan muchas deudas pendientes.
Se reclama igualdad real y no promesas vacías.
Se exige trabajar sin brecha salarial y sin la doble jornada invisible que muchas mujeres sostienen cada día.
Se pide poder caminar sin miedo, en la calle, en la casa, en el trabajo o en cualquier espacio.
También se reivindica el derecho a decidir sobre los propios cuerpos sin cuestionamientos ni imposiciones.
En definitiva, se lucha por un mundo donde ser mujer no sea un riesgo.
A todas las que luchan todos los días —no solo hoy—, el reconocimiento es profundo: por la fuerza, por la rabia transformadora y por no bajar los brazos.
Porque juntas, organizadas y solidarias, son imparables.
Hoy y siempre: vivas, libres y sin miedo.
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